Críticas
La Nueva Pasión Búdico-Crística de Eneida de Jesús Pérez de Lücke.
(2006, San Cristóbal, República Dominicana).
Por: Orlando Alcántara Fernández (Orly).
Sitio Web: http://orly1.com.
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Los azulejos son la nueva pasión búdico-crística de la artista plástica y Maestra FIDE de Ajedrez Eneida de Jesús Pérez de Lücke. Es una pasión avasalladora en el color azul intenso. Desborde en el azulejo con su violencia sígnica iluminada en el arrebato místico-trascendental. Nos deslumbra con su fuerza expresiva desgarradora en el azul único de Eneida. Porque Eneida le da un nuevo sentido al azul. En Eneida el azul es una forma-sentido inusual que amenaza con despabilarnos de la inercia y producir en nosotros un satori cualquiera en el mahanirvana que sólo Eneida puede avizorar. Porque sólo a ella le pertenece ese mundo paradisíaco sensorial de doble azul: el color azul y “azul”ejos. Pero no es un azul lejano; es un azul que nos aproxima a la contemplación mística arrebatadora; al éxtasis desenjaulado por una ajedrecista que conoce de estrategia, táctica y logística en lo relativo a la puesta en escena de sus creaciones plásticas. Eneida es un verdadero hallazgo. Su espiritualidad es un monumento de humildad en la grandeza eidética de su mundo nomotético-idiográfico en los azulejos desprevenidos que nos apasionan con su mirada matérica. Eneida es lo que tenía que ser: espiritual, ajedrecista y pintora. Eneida nos inserta en un mundo nuevo con la novedad de su pasión. Thimo Pimentel ha sido un guía ideal para este nuevo recorrido artístico de Eneida. Lo mismo en otra dimensión se puede decir del fervor compartido con Fermín Ceballos, Sayuri Guzmán, Petra Ostré, Elfie Hellmich y Herrat Boström. Alemania y Dominicana en el encuentro artístico-cultural sintetizado en Eneida. Búdica. Crística. Amántica en su esposo entusiasta, el Maestro Internacional de Ajedrez Norbert Lücke. Grácil en el amor recóndito de su madre Susana Gutiérrez de Pérez. Irremisiblemente ideática. Innegablemente grandilocuente en ese azul vuelto azulejo. Con la herencia de Van Gogh y el espíritu picassiano de una artista plástica que es la Judith Polgar de la espiritualidad búdico-crístico-artística. Amplia. Inevitablemente ecléctica. Desmedidamente humana, demasiado humana. Esa es Eneida. La misma de la sonrisa nirvánica. La misma de la mirada apacible y el intenso azul de cada pieza, de cada sueño. (I Juan 4:7-21). Orly.
El Paraíso Avizorado
En la “PROMESA AZUL”
De Eneida de Lücke
Amántica y Grácil.
(El Elemento Insustituible, la Economía de Recursos y el Automatismo Canvásico)
-Pintura, Ajedrez y Arquitectura:
Ventana, Ola y Candado:
Oriente, Occidente y Equinoccio:
Jesucristo Dios, Señor y Salvador.-
Por: Orlando Alcántara Fernández (Cristorly)
Apocalipsis 21:1-4
1 Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más.2 Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.3 Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.4 Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.
“La única ley de la creatividad es que no hay ley” -Anónimo-
“Piense globalmente y actúe localmente” -Anónimo-
-Comentario Crítico Poético-
Aquí no encontrarás la Promesa Azul, sino, más bien, su reflejo enturbiado por una capa obscura de nostalgia, melancolía y desolación como grito, anhelo y aullido del Cielo Prometido en la Biblia por nuestro Dios, Señor y Salvador Jesucristo, Dios hecho Hombre, El Hijo de Dios, El Hijo del Hombre. En esa incompatibilidad crística pensó Kierkegaard y en esa misma incompatibilidad crística ha ideatizado la estudiosa de la Arquitectura, artista plástica y ajedrecista Eneida de Lücke, avizorando el Paraíso Azul y del mismo modo lo recrea como síntoma de un costumbrismo impregnado de impresionismo con un aliento onírico que hace de esa Promesa Azul una promesa máyica, inmersa en el maya o ilusión de un ámbito sombrío que de ningún modo es la Promesa Azul originaria, vertiginosa y genésica que encontramos en la Biblia.
El título de la exposición individual de Eneida de Lücke en la Casa de Cultura dirigida por la eximia escritora Blanca Kais Barinas –Blanquita-, novia eterna e histórica del inventor poético del Girón, Ramón Arturo Jaar, habitante ciélico ha unos años ya, proviene de un poema de la pluma de la mismísima Blanca Kais Barinas. Como sincronicidad feliz, audaz y certera el encuentro no puede ser más auspicioso. Y al ver lo polifacético de Blanca Kais Barinas como escritora, promotora cultural y mística Cristocéntrica, del mismo modo vemos y reiteramos lo polifacético en Eneida de Lücke con un amplio bagaje internacional en las lides ajedrecísticas, actual Campeona Nacional de República Dominicana como otras varias veces, y en el mare-mágnum pictórico tanto en Europa –Alemania y Francia principalmente- y en su tierra natal, Dominicana del alma, que hacen de la aeda del pincel un ente cultural de innegable valía no sólo por su raigambre histriónica cuando posa junto a un maniquí, sino, también, cuando nos regala lo mejor de sí en esta búsqueda espiritual pictórica con ambiente arquitectónico, onírico al desgaire y paisajístico desértico de gente. Y es que ningún ser humano aflora por estos canvas. Ni siquiera la oreja mutilada de Vincent Van Gogh a quien poderosamente sus cuadros en ciertas ocasiones -como en las nubes y los girasoles- nos recuerdan; ni siquiera a Gauguin, tampoco a Cézanne, mucho menos a Matisse. Nadie. Simplemente nadie aparece en estos lienzos que avizoran en silencio, el silencio prístino de la autora, el silencio amántico, polivalente y grácil de Eneida Pérez de Lücke, el silencio que todo lo dice con una sonrisa o un gesto reverente o devoto en su acendrado orientalismo ecuménico. Y esa ausencia absoluta de gente produce una tensión y un arrebato –una torsión, un desquiciamiento, un trance oculto- al espectador silente que tarde o temprano se preguntará: ¿Por qué nadie aparece? ¿Por qué todos están ausentes? ¿Dónde estoy yo, Dios mío, dónde?
En ese instante Eneida se trocará en casas de la campiña, en silla de madera campestre en primer plano mirando sin rubor la orilla cercana de la playa, en árboles macizos –sólidos y robustos- que brotan desde el patio, en candado como elemento insustituible y signo de hermetismo en espera de la llave del conocimiento que libere y redima, que rompa de una vez y por todas con la DUALIDAD implícita de LA COSA EN SI del filósofo Enmanuel Kant para destrozar la angustia existencialista de Kierkegaard –no la de Camus ni de Sartre- con su estela de melancolía, nostalgia y desolación que percibimos en estas telas azuláceas. Y aquí viene satori, el despertar crístico, la Nueva Vida Cristocéntrica según II Corintios 5:17, la destrucción del mantra Om por siempre, para que sea OMNI sin repetición como nos lo indica Mateo capítulo 6 antes del Padre Nuestro. Y Eneida me entiende. No sé si me atrapa. En esas casas de entramado arquitectónico heteromórfico, así, con toda su asimetría deliberada, con su azul profundo, con su capa obscura, en la complicidad de las olas en trazo automático (como el presente texto lúdico), en la hondura nostálgica, en la melancólica ternura de esa belleza sólida en azul, ni líquida ni gaseosa –mucho menos plásmica-, encontramos el perfil de Eneida indeclinablemente dándose, y dándose por entero, pidiendo a gritos el signo, decodificando y decodificándose en todos sus registros: Esencialmente sígnica.
La economía de recursos en el entorno composicional es una muestra de madurez pictórica y el uso del elemento insustituible por intuición signológica es un hecho constatable en ese candado mal puesto, desubicado, con la bisagra y el gozne verdaderamente pegados, insertados brúscamente como esas ventanas abiertas, una por cada uno de los tres cuadros de la exposición, que no están abiertas, pues no tienen sombra ni inclinación, sino, más bien, que fueron enclavadas como casillas o escaques, como movimiento congelado en la Eternidad, la misma Eternidad que es ausencia del Tiempo, en perfecta clavada de Dama contra Alfil, y así vemos que el Ajedrez es un canvas en ese jardín cuadriculado como con piezas y escaques en su interior, y en ese camino triangular con la corona y sus bordes amarillos como en señal de victoria del mismo modo que parecen una réplica del Monumento de Santiago de los Caballeros, lugar donde también vivió Eneida. Es decir, hay referentes imbricados de modo casi lúdico y decididamente heurístico que forman un ente holístico en la pintura de Eneida de Lücke y hacen de ella una pintora auténtica, comprometida ante todo con Dios en su vida espiritual que todavía no conocemos en detalle; pero que avizoramos genuina, devótica e intensa.
Querer atraparte, Eneida, es todo un drama, o quizás una tragicomedia; pues quien nos atrapas como PERSEGUIDORA A LO CORTAZAR eres tú, Eneida Pérez de Lücke, con tus canvas densos, sólidos, entramáticos, de robusta factura, con evidentes polivalencias, en monocromía azul decidida y certera, verdaderamente amántica y grácil como el mensaje encerrado en la Biblia. Y yo que soy búdico, nunca budista, así te sopeso y te enclaustro. Y ese mensaje no es más que Dios hecho Hombre en la figura de Jesucristo. Así arribamos a los arcanos del Orientalismo esotérico y el exoterismo del Occidentalismo. Digo exoterismo pues el mensaje Cristiano es vulgar, común y corriente. Estamos proclamándolo siempre. De esa manera nos adentramos en el vértice tercero del satori o despertar contrapuesto al dharma y el karma dualísticos, y con satori viene la ruptura definitiva del dualismo máyico y con satori viene nirvana o el cielo mental espiritual, y con satori viene la eliminación del mantra como solución emblemática. Y de esa forma el Yin y el Yang encuentran EL EQUILIBRIO, tercer término trinitario y filosófico espiritualizado. Y sin mantra y sin OM, simplemente amparados en OMNI-Cristo, en OMNI-TU-Y-YO, en OMNI-BIBLIA todo cobra sentido y entiendes el más mínimo signo en ese cuadro que tanto te ha desvelado, que tantas noches de insomnio te ha costado al lado de tu amoroso esposo Norbert Lücke –Nobby-, en el taller o en la calle, Eneida amántica, Eneida grácil, Eneida crística: ENEIDA.
No eres La Eneida de Virgilio, porque no eres la imitación de La Ilíada de Homero. Eres Eneida de Lücke original que ha buscado en el impresionismo esa ternura costumbrista que ha hecho de ti una rapsoda del pincel arrebolado en el entramado bi-dimensional. Y en todo Dios te bendice en Jesucristo. Eres libre. Eres pura. Eres ese Cielo Prometido que avizoras en estos canvas colgados en la Casa de Cultura de San Cristóbal y en esa ventana colocada como se coloca un Rey al enrocarse tú eres melancolía, nostalgia y desolación aquí y ahora para ser ciélica, amántica y grácil en lo crístico de tu mirada que desde ya prefigura otras visiones de la Eternidad, pero ya sin nostalgia, ni melancolía, ni desolación, sino, con plena “stasis”, con cese de movimiento entre los dos polos, insertada en el tercer vértice de esa Trinidad que plasmaste con las tres casas y en una de ellas pusiste olas. Pero no la Trinidad orientalista, sino la Trinidad Crística Bíblica. Y ya satori no es maya. Y ya la iluminación es innegablemente CRISTICA. ¡Felicidades, eres todo un ÉXITO!
Entre la paleta y el tablero
Nace en Santo Domingo de Guzmán en 1965. Sus primeros estudios los realiza en la Escuela Nacional de Bellas Artes durante los años de 1982 a 1987. En ese mismo período estudia arquitectura en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y posteriormente escultura y cerámica en Dunkerque, Francia. Viaja por los Estados Unidos, Grecia y Arabia. Algunos coleccionistas aquieren sus obras. Hoy, esta joven artista, serena y deslumbrante y viajera incansable, establece, en esta ciudad (Santiago) de la belleza su nuevo campo de batalla. Pero un campo de batalla diferente, sin conflictos, sin guerras, sin ganadores ni perdedores. A través del juego de ajedrez (Eneida ha sido la máxima autoridad femenina de este juego en el país en toda su historia) descubre lo que algunos han descubierto por otros senderos y lo que todos, tarde o temprano, tendremos que descubrir, que su verdadero oponente era ella misma, y lo plasma en sus cuadros. En su obra titulada Meditación III la artista nos muestra a una ajedrecista dentro de un aplastante universo de jugadas, de infinitas posibilidades, aunque ya sin contrincantes.
Después de su valioso descubrimiento se inicia en la vida de Eneida una nueva etapa contempativa. En la hermosa ciudad de Arles al Sur de francia, nuestra pintora admira los mismos paisajes que impactaron a Van Gogh, Cézanne y Gauguin. De aquí sus obras Auvers-sur-Oise, La Ferme de Four II y Les Marais de la Guérande. En estos cuadros puede apreciarse una armoniosa disribución del espacio pictórico y un colorido fascinante.
Como aquellos pintores impresionistas, Eneida redescubre la oculta arquitectura de las cosas, los colores y las formas como ideas no separadas de la esencia. En sus obras Meditación I y II, jugadores de ajedrez juegan una partida en donde todo, con excepción de los rostros inmutables de los ajedrecistas, parece vibrar intensamente. Desde los cuerpos de los personajes hasta las hojas parecen cobrar vida en esta extraña pasividad electrizante. Ahora, a su regreso a esta bella tierra de sol, Eneida recomienza a pintar mujeres descalzas que juegan al ajedrez colmadas de una exquisita sensualidad. Un hilo reflexivo e invisible parece abrazar armorosamente los diferentes temas de Eneida. En sus paisajes, sus jugadoras del trópico o en su Hombre-Dios, el espectador podrá percibir esa energía invisible que flota en el ambiente o subyace en el interior de las aparencias, en el fondo de esta luz interior que parece observarlo todo, saberlo todo y que hoy expone en sus cuadros en Casa de Arte de Santiao bajo el nombre de Eneida.
Ruben Echavarria
Las llamativas meditaciones de Eneida de Lücke
Por Danilo de los Santos, Miembro de AICA/ADCA
Un autorretrato con instrumento musical reflejo, sobre todo de una transparente personalidad acentuada por la mansedeumbre, nos introduce al universo meditativo de Eneida de Lücke, presenciado en Casa de Arte (febrero 19-1996), bajo el patrocino de Barceló Pro Cultura.
Los paisajes pictóricos que refieren ese mundo reitaran un aire constante, una señal discursiva aflorando en el todo, con ritmo interiorizado entre las diferencias.
Eneida de Lücke es pintora y ajedrecista connotada, o viceversa. El arte pictórico y el juego como arte se refunden en su existencia testimonial, perpetuándose lo segundo sobre lo primero. La documentación pictórica, es decir, sus cuadros, ofrecen los datos del escaque, del movimiento, de las piezas y del tablero, mediante representaciones configuradas o simbóloicas.
En una primera serie de textos pictóricos como es la del paisaje, la alusión al juego de ajedrez es implícito, dentro de los enfoques del perspectivismo. Los campos y caseríos franceses, en términos compositivos, son sustitutivos simbólicos de conjunto de piezas al comienzo de una partida, o de ellas en pleno movimiento.
En gran parte de estos paisajes, la pintora sólo ofrece ángulos parciales, pero en una obra de perspectiva aérea (San Francisco de Assise) el encuadre de edificaciones, parece representar alfiles, torres, peones y algún soberano en plena movilidad de jaque o de lance.
En una segunda serie, Eneida de Lücke es más explicita. En la misma, ella se proyecta como autora y jugadora, reinterpretando, sobre todo, a algunas tahitianas de Paul Gauguin, a las que sumerge en la meditación del tablero, así como en un luminoso y floral ambiente tropical. La mujer, el ajedrez y la geografía, se constituyen en simbolismos significantes.
Tanto a la autoproyección humana y de los enternos de la Francia y del Trópico, la pintora suma las referencias del post-impresionismo de Gauguin y de Vincent van Gogh.
Si al primero parafrasea con algunas imágenes, al segundo se asocia tanto por la luminosidad como por una línea fuerte, corta y ondulante. El maestro holandés acentuó, sobre todo, la estilística de la línea entrecortada en su notable producción dibujística. Nuestra artista se vale de la línea para acentuar los tonos de sus pinturas.
Una oratoria de líneas traspasando expresionismos y futurismos, desde la brevedad hasta el torbellino, conducen directamente a la serie más pronunciativa de la pintora. Se trata de la serie de las meditaciones en donde las conceptualizaciones del juego y la pintura se solucionan en una óptica vibratoria (Meditación I y II), o como una caligrafía de hilos disueltos y entrecruzados (Meditación III).
Personajes nimbáticos se refunden con diversos símbolos, dentro de un tratamiento general que recrea al vitral, pero que, sobre todo, transfiere el espíritu elevado de la condición reflexiva.
Por sí sóla, una cuarta obra explica en sus símbolos, el soporte ideológico de las meditaciones de Eneida de Lücke. Es un “Avatar” que, como pintura e instalación, encarna al visnu, “el segundo término de la trinidad bramánica, conservador del Mundo”.
Más, otra instalación consistente en una mesa con el juego de ajedrez, colocada como surgerencia a la competición, le añaden a la muestra un factor humano viviente, o como sumatoria a las meditaciones de la joven artista.
Paisajes soleados y sin conflictos
El motivo reducido a formas puras, a huellas que evocan la presencia humana, se destaca de un océano de colores. En el primer plano el amarillo, de sus declinaciones calorosas, se impone como una puerta abierta hacia un espacio de libertad, interpretado con diversas variaciones tonales.
Las sutiles declinaciones de azul que ocupan en gran medida el espacio, impregnan sus composiciones de su gélida fuerza y de una profunda serenidad.
Así, la representación de un espacio exterior, se transforma en la expresión de un espacio interior intimo y secreto.
Enérgica, sólida, vigorosa, más que nunca resplandeciente de vida, que además son centellas de la alegría de vivir, la pintura de Eneida de Lücke nos tonifica, nos anima a salir de nuestros morosos inviernos...
Nos da la libertad de pasearnos al pie del Monte Ventoux con sus maravillosos atardeceres que suavemente se eternizan. A menos que prefiriéramos deambular por los puertos de Grimaud o bien flotar sobre los arrecifes de azules hechizantes de color turquesa y de inmensidad.
Magistral y diversa, impresionante y multiforme, la obra de Eneida de Lücke encierra múltiples tesoros que cada quien descubre, ya sea en los perfumes de lavanda de soleados valles, en las marinas de la costa o bien en las espigadas colinas, fulgurante de color y de un regocijo que exalta nuestras vidas cotidianas.
Michèle Poulet (Profesora de Historia de Arte)
Fleuriel/Francia


